Se acababa de bañar, hacia varios días que no salía de su casa. Y yo? Bueno, yo era un nómada por ese entonces y por tanto siempre andaba con las mismas ropas durante varios días, solamente me preocupaba el baño cuando ya mi pelo era una sola pieza; de resto mascaba chicles constantemente, creyendo en sus propiedades para la higiene bucal y el mal aliento.
Me saludo con un abrazo extraño, no muy largo no muy corto, los suficiente como para expresar un silencioso “me alegra mucho que estés aquí” y yo haciendo uso de mis palabras dije: “me alegra mucho estar aquí” ella sonrio y me hizo seguir. Adentro había una reunión silenciosa de amigos lobotomizados por la televisión,, todos se concentraban en ver como el Discovery Channel mostraba la veracidad de las profecías del fin del mundo; intermitentemente alguno interrumpía la emisión para hacer un comentario acertado acerca de lo temeroso de la profecía y de cómo tendríamos que vernos sometidos al final dentro de no muchos años.
Una vez adentro, me instale en el sofá blanco de su cuarto, así mismo me instale en la dinámica televisiva. Trate de no comentar mucho, en parte porque no los conozco y en parte porque no creo en este asunto del final de los días; si fuera cierto que el mundo se iba a acabar, entonces igual prefería no saberlo. Ella se sentó detrás mío... y encendió un cigarrillo.
Cual si fuera un perrito callejero (que por ese entonces mi presencia indicaba que lo era) acerque mi cabeza a sus muslos de tal forma que ella supiera que estaba ahí, por ella, y también buscando un poco de cariño. Sus manos se encontraron con mi pelo (grasoso y sucio, pero no importo), y empezaron a revolverlo con un movimiento suave, tranquilo e hipnótico. Después de eso yo ya me había perdido.
Los días de caminar por la ciudad son interesantes, vas a muchos lugares, conoces mucha gente, descubres nuevas esquinas, locales, rotos; pero también te cansas mucho. Eso de andar preguntándose donde queda mi casa, si mi casa es todo, mi casa es nada. Eso de andar delatándose la posibilidad de vivir en cualquier lugar, en cualquier hogar, en cualquier banca de parque. Es divertido, claramente es divertido sino no lo haría, pero cansa, agota, destruye.
Me había perdido, porque justamente eso era lo que necesitaba una caricia que dijera, tu casa es todo, hace varios años que estas en tu casa; tu casa no es esta pero por un tiempo puedes venir a visitar. Me había perdido porque finalmente podría cerrar los ojos con la tranquilidad de no tener que levantarme pronto para volver a caminar. Y no es que no me guste caminar, es que estoy cansado de vagar.
Lo ultimo que supe, fue que todos los demás salieron, alguien me despidió con un abrazo, otros miraron desde la puerta e hicieron gestos con las manos, yo no respondí a ninguno, no era capaz, no me podía mover ni musitar palabra, mis ojos solo se abrían y aguantaban lo necesario para que los demás supieran que yo sabia, y luego se volvían a cerrar.
Recuerdo que alguien me quito las gafas para que no las fuera a romper. Recuerdo que cada 10 o 15 minutos, pasaba la manga de mi saco por mi boca limpiando el residuo de babas que siempre dejo salir cuando estoy durmiendo; no quería untar nada ni a nadie. Recuerdo que desperté ya no en el sofá sino en la cama, y estaba haciendo mucho calor.
Podría haber recordado que unas manos me consentían mi profundo sue;o, que unos brazos me acunaban cada cierto tiempo, que unos labios me buscaban la frente y musitaban suaves palabras a mis oídos. Podría recordar también que de vez en cuando untaba de babas algún hombro, o un mechón de pelo, que cada cierto tiempo una voz preguntaba “¿estas bien?”, que repentinamente era arropado o despojado de las cobijas dependiendo de la temperatura del lugar. Podría recordar también que entre sueños quise acercar mis manos a las suyas y decirle en el oído “me alegra mucho estar aquí”. Pero así pudiera recordar estas cosas, prefiero no hacerlo por temor a no saber con seguridad si pasaron o no. Seguramente son recuerdos inventados en mi mente. Y yo, vil servidor de mis pensamientos consideraría mas feliz el hecho de poder creérmelo.
Me desperté cerca al mediodía, la casa en silencio y ni una señal de los demás. Me acerque a ella con cuidado, le dije en el oído “me alegro mucho haber estado acá”, ella no se dio cuenta, de pronto cuando se despierte crea recordarlo. Me lave la cara sigilosamente para no ir a despertarla y salí de allí. Ahora, ando nuevamente por los caminos, por los andenes, por las calles, por los parques, con la energía repuesta, con la severidad del descanso, con la tranquilidad de la piel. Ahora ando por la ciudad sabiendo que esta es mi casa, que mi casa no es nada, pero es todo a la vez. Ahora ando por la ciudad sin vagar por ella, ya no soy un nómada, ya encontré el lugar. Espero que algún otro día, ella aparezca y me pregunte “¿por qué no has vuelto?”.
Me saludo con un abrazo extraño, no muy largo no muy corto, los suficiente como para expresar un silencioso “me alegra mucho que estés aquí” y yo haciendo uso de mis palabras dije: “me alegra mucho estar aquí” ella sonrio y me hizo seguir. Adentro había una reunión silenciosa de amigos lobotomizados por la televisión,, todos se concentraban en ver como el Discovery Channel mostraba la veracidad de las profecías del fin del mundo; intermitentemente alguno interrumpía la emisión para hacer un comentario acertado acerca de lo temeroso de la profecía y de cómo tendríamos que vernos sometidos al final dentro de no muchos años.
Una vez adentro, me instale en el sofá blanco de su cuarto, así mismo me instale en la dinámica televisiva. Trate de no comentar mucho, en parte porque no los conozco y en parte porque no creo en este asunto del final de los días; si fuera cierto que el mundo se iba a acabar, entonces igual prefería no saberlo. Ella se sentó detrás mío... y encendió un cigarrillo.
Cual si fuera un perrito callejero (que por ese entonces mi presencia indicaba que lo era) acerque mi cabeza a sus muslos de tal forma que ella supiera que estaba ahí, por ella, y también buscando un poco de cariño. Sus manos se encontraron con mi pelo (grasoso y sucio, pero no importo), y empezaron a revolverlo con un movimiento suave, tranquilo e hipnótico. Después de eso yo ya me había perdido.
Los días de caminar por la ciudad son interesantes, vas a muchos lugares, conoces mucha gente, descubres nuevas esquinas, locales, rotos; pero también te cansas mucho. Eso de andar preguntándose donde queda mi casa, si mi casa es todo, mi casa es nada. Eso de andar delatándose la posibilidad de vivir en cualquier lugar, en cualquier hogar, en cualquier banca de parque. Es divertido, claramente es divertido sino no lo haría, pero cansa, agota, destruye.
Me había perdido, porque justamente eso era lo que necesitaba una caricia que dijera, tu casa es todo, hace varios años que estas en tu casa; tu casa no es esta pero por un tiempo puedes venir a visitar. Me había perdido porque finalmente podría cerrar los ojos con la tranquilidad de no tener que levantarme pronto para volver a caminar. Y no es que no me guste caminar, es que estoy cansado de vagar.
Lo ultimo que supe, fue que todos los demás salieron, alguien me despidió con un abrazo, otros miraron desde la puerta e hicieron gestos con las manos, yo no respondí a ninguno, no era capaz, no me podía mover ni musitar palabra, mis ojos solo se abrían y aguantaban lo necesario para que los demás supieran que yo sabia, y luego se volvían a cerrar.
Recuerdo que alguien me quito las gafas para que no las fuera a romper. Recuerdo que cada 10 o 15 minutos, pasaba la manga de mi saco por mi boca limpiando el residuo de babas que siempre dejo salir cuando estoy durmiendo; no quería untar nada ni a nadie. Recuerdo que desperté ya no en el sofá sino en la cama, y estaba haciendo mucho calor.
Podría haber recordado que unas manos me consentían mi profundo sue;o, que unos brazos me acunaban cada cierto tiempo, que unos labios me buscaban la frente y musitaban suaves palabras a mis oídos. Podría recordar también que de vez en cuando untaba de babas algún hombro, o un mechón de pelo, que cada cierto tiempo una voz preguntaba “¿estas bien?”, que repentinamente era arropado o despojado de las cobijas dependiendo de la temperatura del lugar. Podría recordar también que entre sueños quise acercar mis manos a las suyas y decirle en el oído “me alegra mucho estar aquí”. Pero así pudiera recordar estas cosas, prefiero no hacerlo por temor a no saber con seguridad si pasaron o no. Seguramente son recuerdos inventados en mi mente. Y yo, vil servidor de mis pensamientos consideraría mas feliz el hecho de poder creérmelo.
Me desperté cerca al mediodía, la casa en silencio y ni una señal de los demás. Me acerque a ella con cuidado, le dije en el oído “me alegro mucho haber estado acá”, ella no se dio cuenta, de pronto cuando se despierte crea recordarlo. Me lave la cara sigilosamente para no ir a despertarla y salí de allí. Ahora, ando nuevamente por los caminos, por los andenes, por las calles, por los parques, con la energía repuesta, con la severidad del descanso, con la tranquilidad de la piel. Ahora ando por la ciudad sabiendo que esta es mi casa, que mi casa no es nada, pero es todo a la vez. Ahora ando por la ciudad sin vagar por ella, ya no soy un nómada, ya encontré el lugar. Espero que algún otro día, ella aparezca y me pregunte “¿por qué no has vuelto?”.



